La ex novia.
La catedral marcaba la hora en el piso de la ciudad de los ríos, se desplazaba por la plaza, el paseo peatonal, los arboles, las personas; cubría con su sombra el manto del tiempo y hacía transcurrir las horas, los días y los meses. Ahí estaba yo distraído pensando en el paso del tiempo medido por la sombra mientras se enfriaba mi café. Sonreí, porque en ese instante la sombra de la torre más alta tocó mi mesa, mientras yo, embobado, miraba por la ventana.
-Ajaaaam- hizo sonar su garganta con desmán acucioso- ¿Te vas a quedar mirando la ventana o vamos a hablar de lo nuestro?, mira que tiempo no tengo. Casi había olvidado que estaba acompañado; ella, era mi futura ex novia, ella no lo sabía, pero es algo que se presiente en al aire, una intuición si se quiere.
Apagué el cigarrillo, y con la astucia casi mágica del escritor aficionado le dije: -¿Sabes?, tus ojos cafés brillan de una forma muy italiana cuando pareces enojada, eso es atractivo para un hombre que gusta de emociones fuertes. Fue como un uppercut cerrado a la mandíbula, quedó tan aturdida que sus ojos brillaron embobados por una fracción de segundos, el momento justo para que apareciera mi singular sonrisa ganadora y rematara con un: -No veo ningún apuro, pero si quieres mover esa linda boca tuya para expresar palabra, sabes, soy todo oídos.
Casi tres segundos demoró en volver en sí, y entonces frunció el ceño y argumento largos párrafos sobre mi actual “falta de romanticismo”, “mi forma distante”, y una treintena de otros defectos que estoy seguro había mencionado antes, así que en realidad, no valía la pena escucharlos. Yo seguía mirando la sombra de la catedral, mientras ella parecía una metralleta, yo asentía inconscientemente con la cabeza en silencio, desprovisto de un cigarrillo que hiciera cortina alguna entre nosotros. Mares de palabras venían hacía mí, todas me golpeaban como el soplo del viento, más ninguna calaba en dentro de mi cabeza, y entonces volviendo al café, la miré fijamente y dije:-¿haz notado que la catedral es como un gran reloj de sol sobre nosotros?
Consternada y fuera de contexto, como una hormiga en un barco de papel me miró atónita y dijo: -¿Lo ves?, ya ni siquiera me prestas atención, eres un cerdo muy distinto al que yo conocí. Rauda tomó su cartera, su abrigo, se paró de la silla, dio media vuelta y se fue, bajó corriendo las escaleras, sollozando.
Yo claro salí tras de ella, le hice un gesto con los ojos a Jaime, un amigo garzón del local, y en la salida del paseo peatonal, tomé su mano derecha, con fuerza la cerqué a mi cuerpo, la miré a los ojos, menos de un segundo, y la besé tan fuerte, la hice tan mía, y yo tan suyo, fue un beso inolvidable, uno de amante, de novela. Ella respondió el beso, sentí que la tenía, pero fue un efímero momento, echando dos pasos hacía atrás, se secó las lagrimas y me dijo adios.
Una despedida de cualquier forma más digna que la de arriba en el café; durante meses no supe nada de ella, más que por amigos no titubeaban en contarme su mala opinión sobre mí, sus difamaciones, las mentiras y las verdades. No hice eco de sus acusaciones, pero pasados los años de vez en cuando se hace notar, de una u otra forma, recordando siempre que un amorío con un escritor, aunque de lo mas amateur, nunca se olvida.
